
Quién dibuja
William - Cornellius. Arquitecto y urban sketcher. Trabaja en la calle, frente a la escena, y registra la ciudad como una especie de cronista urbano. Como profesor de Expresión Gráfica – Comunicación Visual, le interesa la narrativa: lo que pasa en la escena, cómo se vive la ciudad, así como el espíritu de la época. Para contarlo confía en la expresividad de la línea, su trazo en tinta, chorreado y espontáneo, donde el énfasis y la síntesis son los que comunican. El color llega como un complemento, para crear atmósfera e impacto visual. Dibuja en bitácoras de cuero, sketchbooks y libros viejos que interviene; realiza obras por encargo y da workshops para locales y viajeros de todo el mundo.
I
Bitácoras y sketchbooks.
Son los dos formatos en los que trabajo.
La bitácora es el cuaderno que sale a la calle conmigo. La abro en cualquier esquina, sin preparación: tinta directa, sin boceto previo, y lo que queda, queda.

El sketchbook es otra cosa. Lleva meses completarlo y cada página es una decisión. Ahí se van juntando barrios, temporadas y estados de ánimo.
La bitácora me pide velocidad; el sketchbook, paciencia. Pero los dos me piden lo mismo: mirar bien antes de trazar. Ese momento de observación es donde pasa todo; el resto es técnica, y la técnica se aprende. Desde ahí enseño, no desde el dibujo bonito, sino desde aprender a mirar.


II
¿Qué materiales uso para dibujar?
En el urban sketching no hay una receta ni un proceso rígido. Hay acuarelistas, arquitectos, ilustradores y hasta dibujantes de manga que salen a dibujar la ciudad, cada uno a su manera. Hoy mi búsqueda va por la expresividad de la línea, del trazo, como motor principal del dibujo, y por la creación de atmósferas con el color como complemento.
Le doy mucho poder a la línea: chorreada, con tinta, natural, espontánea, expresiva. Juego con el énfasis y la síntesis para que sea la línea la que cuente. El color termina de expresar: sombras, tonos, temperatura. Siempre busco la armonía entre los dos, pero en mis dibujos la línea tiene el papel principal.



Siempre me preguntan qué llevo para dibujar y qué recomiendo llevar. Lo mío es esto: tintas waterproof, sobre todo Rohrer & Klingner y Winsor & Newton, porque resisten el agua y me dejan trabajar encima con acuarela sin que el trazo se corra. Las cargo en una pluma sumergible con plumillas Brause 511, y alterno con estilográficas y un lápiz 6B según lo que pida el dibujo. Todo va enrollado en un estuche de tela.
Para el color trabajo con paletas completas que voy sumando con pomos sueltos. Hoy uso acuarelas Rosa Gallery, ucranianas, y las mezclo con marcas nacionales o japonesas.
Ahora estoy usando un sketchbook Hahnemühle A4 apaisado de 180 g y un Canson A5 vertical, y siempre los voy alternando con una bitácora de cuero. Al terminar, firmo con un sello en tinta roja.
Nunca salgo sin mi banquito plegable. Muchas veces salimos a dibujar sin banquito y terminamos limitados a las vistas que nos dejan los lugares donde hay dónde sentarse. Con un banquito puedes elegir cualquier vista y sentarte donde quieras. También llevo un trípode para registrar el proceso.

Y en la mochila siempre llevo una caja de postales: las regalo, las ofrezco y muchas veces son mi tarjeta de presentación.
Ahora, lo que recomiendo, sobre todo cuando hay dudas, es llevar lo mínimo: tres o cuatro pomos de acuarela, un pincel, un lápiz y un cuaderno. Nada más. Mientras más cosas llevamos, más nos invade la indecisión, y terminamos mezclando materiales y conceptos justamente por no decidir. Mientras más simple, mejor.
También hay que pensar en la comodidad. En la mesa de casa, con la luz bien puesta sobre el papel, todo es fácil. Afuera la cosa cambia: hay viento, gente mirando, puede llover o salir un sol radiante, puede hacer 35 grados en verano o 5 en invierno. Hay que prepararse, pero no como para irse de campamento: lo justo para estar cómodos y no pasarla mal. Que la indecisión no termine en una mochila de ocho kilos para ir a dibujar a una plaza o al bar de la esquina.


Encuentro con los Urban Sketchers de Buenos Aires, cerca del Teatro Colón. Esa vez extendimos un papel grande en el suelo y cada uno podía dibujar lo que quisiera. Así terminó mi parte: espirales de tinta y color.
III
Libros viejos, sin pudor.
Me gusta trabajar en libros viejos porque puedo hacer un dibujo tras otro, bastante espontáneos, y experimentar con conceptos, texturas y chorreados de tinta. No pienso mucho en el resultado final: lo que busco es desarrollar una técnica, un concepto o un lenguaje gráfico a fuerza de repetir.

Como ejercicio funciona muy bien, y todo queda en un solo libro, ordenado, y no en hojas sueltas, como lo hacía antes. Al final, según los gustos de quien lo tenga, el libro puede terminar siendo una pieza artística en sí misma.

