Cómo enseño | Desde la cátedra a la calle
Dibujar no es reproducir la realidad. Es aprender a mirarla con otro tipo de atención: más lenta, más curiosa, más honesta.
Fui auxiliar y luego profesor de Expresión Gráfica en la facultad de Arquitectura. Siempre insistí en lo mismo: más que enseñar a dibujar, enseñar a comunicar y expresar. Y siempre salía del aula a dibujar con mis estudiantes. Hoy hago lo mismo en las calles de Buenos Aires.
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El estigma del dibujo «bonito o feo»
Crecemos condicionados por el dibujo realista, por el cuadro «bonito» del living de casa y por los dibujos animados de la infancia, la etapa en que más dibujamos. Si esas fueron nuestras referencias, no extraña que así pretendamos dibujar. El problema aparece cuando no nos sale y decimos «no sé dibujar» o «qué feo dibujo». Perdí la cuenta de cuántas veces lo escuché en el aula. Derribar ese estigma es posible cuando se entiende que dibujar es comunicar.
El dibujo a campo abierto
Dibujar al aire libre es uno de los mejores motores para entrenar la observación. Además de la perspectiva, la figura humana, la vegetación y las sombras, aparece la necesidad de captar una situación cotidiana en tiempo real. Con la práctica, el trazo gana seguridad y la síntesis mejora. Se aprende mirando y volviendo a dibujar.
De la facultad a la calle
Salir del aula a toparse con la realidad era obligatorio en mi curso: dibujábamos en parques, plazas y alrededores de la facultad, e incluso nos dibujábamos unos a otros para entender geometría y proporción. Años después sigo haciendo lo mismo. La pregunta sigue siendo la misma: ¿qué quieres comunicar con este trazo? La respuesta nunca es «un dibujo bonito». Siempre es algo mucho más interesante.